"Tengo que contarte algo, pero no sé cómo decírtelo...
una idea y mil palabras en mi mente,
¿cual usar para llegar a tu corazón?..."
No se si te ha pasado, pero a veces no decimos lo que queremos decir... tenemos "una idea y mil palabras" o hasta a veces recurrimos a las palabras para rellenar una idea que no existe en nuestra cabeza... ¿Será a caso coincidencia que esto vaya aunado algún miedo a decir lo que pensamos?... La comunicación y su problema universal. No algo del "maldito español" o el "maldito inglés" ...No hablamos de la "maldición del idioma" que nos divide... sino de lo difícil que es sacar las palabras de ese rincón llamado "corazón" para llegar hasta la lejana tierra de un tal "otro corazón".
..."Amor es comunicación; ¿Cómo amar entonces sin comunicarse?..." pregunta Mario Benedetti en un sencillo cuento que leí hace muchos años, y que relata lo necesario que es el arduo trabajo para llegar a entender los "ladridos" de los que queremos escuchar. A modo de fábula explica lo que en muchos de los casos, intentamos hacer con "especies" que siempre serán diferentes a nosotros (eso es inevitable), pero es fantástico descubrir lo que piensan, el mundo que ven y del que se alimentan. Por otro lado, si ves que alguien te "ladra" en un intento por llegar a ti, ¿qué harás?... ¿le enseñarás cómo mejorar?... si se ha esforzado tanto no es solo por "no llorar"... hay algo más...
El hombre que aprendió a ladrar...
Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desaliento en los que estuvo a punto desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer los chistosos o se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación; ¿Cómo amar entonces sin comunicarse?
Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día, Raimundo y Leo se tendían por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta, y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión de mundo.
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: Dime Leo, con toda franqueza: ¿qué opinas de mi forma de ladrar? La respuesta de Leo fue escueta y sincera: Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.
Mario Benedetti